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<rss xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/" xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/" xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom" version="2.0"><channel><atom:link href="https://jimenezrubiano.blogia.com/feed.xml" rel="self" type="application/rss+xml"/><title>LIYU  MECHITA</title><description/><link>https://jimenezrubiano.blogia.com</link><language>es</language><lastBuildDate>Sun, 10 Dec 2023 12:02:20 +0000</lastBuildDate><generator>Blogia</generator><item><title>ARMAS BLANCASEN  LOS CHIQUILLOS</title><link>https://jimenezrubiano.blogia.com/2008/040401-armas-blancasen-los-chiquillos.php</link><guid isPermaLink="true">https://jimenezrubiano.blogia.com/2008/040401-armas-blancasen-los-chiquillos.php</guid><description><![CDATA[<ul><li><div><p align="center"><img src="/tinymce/jscripts/tiny_mce/plugins/emotions/images/smiley-innocent.gif" border="0" alt="Inocente" title="Inocente" width="24" height="25" />Cuando el capataz Doroteo dej&oacute; de trabajar para irse con los revolucionarios, Guadalupe no dud&oacute; un momento en seguirle.</p><p>Un mejicano debe ir &aacute; todas partes con su mujer, hasta &aacute; la guerra. Lo mismo los defensores del gobierno que los revolucionarios, llevaban con ellos &aacute; sus mujeres, apodadas &laquo;soldaderas&raquo;, que eran las que remediaban la ausencia de administraci&oacute;n militar, cuidando cada una del alimento de su hombre.</p><p>Durante las marchas iban &aacute; vanguardia, rodeadas de enjambres de ni&ntilde;os y con las ropas de la familia formando un l&iacute;o sobre su cabeza. Lo robaban todo, arrasaban los campos, como una nube de langosta, y cuando las tropas hac&iacute;an alto, encontraban ya la hoguera ardiendo y la comida en su punto. Los primeros contactos entre ambos bandos los realizaban casi siempre las dos vanguardias de &laquo;soldaderas&raquo;. Olvidando moment&aacute;neamente su antagonismo, se vend&iacute;an unas &aacute; otras lo que consideraban superfluo. El defensor del gobierno, por mediaci&oacute;n de su compa&ntilde;era, facilitaba v&iacute;veres al rebelde. Otras veces ocurr&iacute;a lo contrario.</p><p>La moneda carec&iacute;a casi siempre de valor en estas transacciones. El bando falto de municiones s&oacute;lo quer&iacute;a vender su pan &aacute; cambio de cartuchos, y el que los ten&iacute;a los entregaba, ansioso de comer, sin fijarse en que, horas despu&eacute;s, estos mismos proyectiles pod&iacute;an darle la muerte. Al entablarse el combate, las &laquo;soldaderas&raquo; y sus enjambres de chiquillos se retiraban &aacute; retaguardia. Otras veces, si el momento era angustioso, la hembra se mezclaba en la pelea para sostener al compa&ntilde;ero herido y seguir tirando con su fusil.</p><p>Guadalupe vivi&oacute; as&iacute;; hizo marchas interminables &aacute; pie &oacute; &aacute; la grupa del caballo de su hombre. Pero como Doroteo obtuvo r&aacute;pidamente sus primeros ascensos, pronto se elev&oacute; sobre la muchedumbre de &laquo;soldaderas&raquo; de tez amarillenta, cabellera aceitosa y ojos ardientes, asombrosamente flacas.</p><p>Fu&eacute; la capitana Mart&iacute;nez, luego la comandanta, y ya no tuvo que avanzar al trote junto &aacute; los jinetes, llevando sobre su cabeza el colchoncillo y las ropas que constitu&iacute;an el ajuar andante del matrimonio. Doroteo, excelente esposo, hab&iacute;a matado &aacute; un oficial del gobierno para regalarle &aacute; ella su caballo.</p><p>Al ser coronel, su generosidad marital dese&oacute; algo m&aacute;s.</p><p>&mdash;&iexcl;Si pudiese robar un autom&oacute;vil para &laquo;la vieja&raquo;!...</p><p>&laquo;La vieja&raquo; era Guadalupe, que ten&iacute;a entonces veintis&eacute;is a&ntilde;os. No resultaba dif&iacute;cil hacerse due&ntilde;o de un autom&oacute;vil. Abundaban mucho en un pa&iacute;s vecino &aacute; los Estados Unidos y con la frontera libre. No hab&iacute;a revolucionario de alguna graduaci&oacute;n que no tuviese el suyo. La importancia de los jefes se med&iacute;a por los parques de autom&oacute;viles que llevaban detr&aacute;s de ellos.</p><p>Y la coronela hizo la guerra en un veh&iacute;culo americano. Su adquisici&oacute;n s&oacute;lo cost&oacute; &aacute; Mart&iacute;nez dos palabras breves y el apoyar su rev&oacute;lver en el pecho del primitivo due&ntilde;o.</p><p>El ch&oacute;fer era un mestizo de enorme sombrer&oacute;n y descalzo, que llevaba el fusil entre las dos manos fijas en el volante. Dentro iba Guadalupe y toda su casa: un l&iacute;o de colchones, dos sacos para la ropa sucia, una criadita mestiza que se sentaba &aacute; sus pies, tres gatos y un perro en la banqueta, junto &aacute; la se&ntilde;ora, y un loro que se paseaba por la capota recogida, sirviendo de remate trasero &aacute; este veh&iacute;culo triunfal. Todos los autom&oacute;viles ignoraban la limpieza desde muchos meses. La lluvia y el barro hab&iacute;an cubierto su exterior con una costra parda y agrietada. Parec&iacute;an forrados de piel de elefante. Como la esposa de Mart&iacute;nez era relativamente esbelta, su veh&iacute;culo se limitaba &aacute; chillar por la falta de aceite y de aseo. Otros ten&iacute;an un muelle roto y saltaban sobre sus ruedas, acost&aacute;ndose como una barca pr&oacute;xima &aacute; zozobrar. Siempre se inclinaban del lado donde acostumbraba &aacute; sentarse la generala &oacute; la ministra, con la abrumadora majestad de su centenar de kilos carnales.</p><p>Los revolucionarios marchaban como lo permit&iacute;an las exigencias topogr&aacute;ficas: unas veces en fila, extendi&eacute;ndose leguas y leguas; otras en masa horizontal &aacute; trav&eacute;s de las llanuras, llevando en torno un segundo ej&eacute;rcito de mujeres y chiquillos. Lo mismo hab&iacute;an avanzado en otros siglos las grandes invasiones hist&oacute;ricas. Eran como las antiguas naciones en marcha, que arrastraban detr&aacute;s de ellas los seres y los muebles que forman la familia.</p><p>Algunas veces llegaban &aacute; ser veinte mil, todos &aacute; caballo, sin medicamentos, sin v&iacute;veres, confiando al azar la vida del d&iacute;a siguiente. Cada uno hac&iacute;a la misma recomendaci&oacute;n al camarada: &laquo;Si me hieren en el pecho &oacute; en el est&oacute;mago, dame un tiro en la cabeza. Prefiero esto &aacute; quedar vivo junto al camino.&raquo;</p><p>No pod&iacute;an ser considerados como caballer&iacute;a, &aacute; pesar de que todos iban montados. Carec&iacute;an de armas blancas y no pod&iacute;an dar una carga. Eran infantes que s&oacute;lo echaban pie &aacute; tierra en el momento de empezar el fuego contra el enemigo. Hasta los generales llevaban el rifle atravesado sobre el delantero de la silla.</p><p>La &uacute;nica infanter&iacute;a era la de los yaquis, indios monta&ntilde;eses que no hab&iacute;an querido aprender de los conquistadores espa&ntilde;oles el arte de cabalgar y mostraban a&uacute;n cierta repugnancia ante el caballo. Estos yaquis figuraban como enemigos de todos los gobiernos desde la &eacute;poca de Porfirio D&iacute;az, que cometi&oacute; el sacrilegio de implantar en sus tierras el tel&eacute;grafo y el ferrocarril. Se dejaban convencer f&aacute;cilmente por los revolucionarios, con la esperanza de que &eacute;stos les librasen de innovaciones vergonzosas. En los combates eran los &uacute;nicos que se bat&iacute;an avanzando.</p><p>La muchedumbre montada, al emprender su marcha todos los amaneceres, ve&iacute;a &aacute; los yaquis tranquilos en su campamento, como si pensasen quedarse all&iacute;. Cuando al llegar la noche, despu&eacute;s de una larga jornada &aacute; caballo, se deten&iacute;an para descansar, encontraban instalados ya &aacute; los mismos indios en el lugar designado de antemano, como si hubiesen llegado volando y sin fatiga aparente. Puestos en cuclillas escuchaban con atenci&oacute;n religiosa el repiqueteo de los tamborcillos pendientes de las mu&ntilde;ecas de sus jefes, instrumentos que serv&iacute;an &aacute; la vez para sus fiestas y para transmitir &oacute;rdenes.</p><p>La imagen de su esposa Guadalupe iba unida siempre &aacute; estos recuerdos de la guerra. Al principio la mujer mostraba cierto pavor; el silbido de las balas parec&iacute;a irritar sus nervios. Un d&iacute;a, para recoger &aacute; su hombre herido, tuvo que lanzarse en pleno combate, y desde entonces consider&oacute; poca cosa el intervenir en las operaciones de guerra.</p><p>Las &laquo;soldaderas&raquo; hablaban de ella como de una gloria de su sexo, coloc&aacute;ndola al nivel de los jefes m&aacute;s c&eacute;lebres de la revoluci&oacute;n. Los hombres, por galanter&iacute;a instintiva, admiraban su haza&ntilde;as, exager&aacute;ndolas, como si nadie pudiese igualarlas. Todo el ej&eacute;rcito repiti&oacute; lo mismo al hablar de los esposos Mart&iacute;nez. &laquo;&Eacute;l es un buen soldado, un valiente...pero como hay muchos. Ella vale m&aacute;s. &iexcl;Qu&eacute; mujer!...&raquo;</p><p>Su conducta durante la vida azarosa de marchas y campamentos contribuy&oacute; &aacute; aumentar su fama. Guadalupe ten&iacute;a mal car&aacute;cter. Muchas veces, al rozarse su autom&oacute;vil con el de alguna generala&mdash;igualmente cargado de colchones, sacos de ropa sucia, cuadr&uacute;pedos, aves y numerosos chiquillos&mdash;, empezaban &aacute; insultarse ambas damas por si la una pretend&iacute;a cortar el paso &aacute; la otra. La coronela, sin consideraci&oacute;n &aacute; su grado inferior, recordaba &aacute; la generala las aventuras amorosas de su se&ntilde;ora madre &oacute; la &eacute;poca en que sus t&iacute;as lavaban la ropa de los soldados. Hasta que el heroico Mart&iacute;nez, avisado del incidente, acud&iacute;a &aacute; todo galope para meter su caballo entre ambas furias.</p><p>Los hombres, al recordar que esta mujer se bat&iacute;a lo mismo que ellos, encontraban l&oacute;gico que se considerase superior &aacute; las otras, gordas aves dom&eacute;sticas que se hab&iacute;an lanzado al campo para marchar detr&aacute;s de los combatientes, escarbando con el pico el terreno de la lucha, en busca de los residuos de la victoria.</p><p>Su fidelidad matrimonial era tambi&eacute;n muy admirada. Uno de los grandes jefes hab&iacute;a recibido de ella varios latigazos cierto d&iacute;a que os&oacute; algunos atrevimientos con la amazona. El mismo personaje golpeado acab&oacute; por arrepentirse, y &aacute; impulsos de la admiraci&oacute;n, fu&eacute; en adelante un protector de Mart&iacute;nez y de su esposa.</p><p>Cuando Doroteo lleg&oacute; &aacute; general, sus envidiosos atribuyeron toda la carrera del h&eacute;roe &aacute; la influencia de Guadalupe. &laquo;No es que sea menos valiente que los dem&aacute;s&mdash;dec&iacute;an&mdash;; pero &aacute; causa de su compa&ntilde;era, los de arriba se fijan en sus acciones, que, realizadas por otros, quedar&iacute;an ignoradas.&raquo;</p><p>Al terminar la guerra, cuando Mart&iacute;nez pas&oacute; &aacute; ser defensor del gobierno reci&eacute;n constitu&iacute;do, Guadalupe no quiso prolongar sus haza&ntilde;as militares. Era rid&iacute;culo que la esposa de un comandante de operaciones saliese al campo &aacute; perseguir &aacute; los rebeldes, muchos de los cuales hab&iacute;a conocido ella meses antes como amigos, teni&eacute;ndolos por excelentes personas.</p><p>Renanci&oacute; a las costumbres violentas de campa&ntilde;a, &aacute; los largos galopes, al autom&oacute;vil sucio y hasta &aacute; las palabrotas aprendidas en sus a&ntilde;os de existencia varonil. Fu&eacute; en adelante la &laquo;se&ntilde;ora generala&raquo; y quiso rivalizar con Mart&iacute;nez en esplendores de lujo.</p><p>Las gentes de la ciudad casi se sintieron cegadas por el resplandor de las joyas que en ciertos d&iacute;as la cubrieron desde la garganta al vientre. Doroteo hab&iacute;a trabajado bien, lo mismo que todos los padres de familia mezclados en la revoluci&oacute;n. No ten&iacute;a hijos, como los otros, pero ten&iacute;a &aacute; Guadalupe; y siempre que en sus correr&iacute;as ve&iacute;a algo vistoso y de precio, sacaba el enorme rev&oacute;lver de su funda, diciendo: &laquo;Esto para mi vieja...y esto otro tambi&eacute;n.&raquo;</p><p>Total: que la esposa del h&eacute;roe de Cerro Pardo pose&iacute;a una colecci&oacute;n enorme de alhajas, y los maliciosos las encontraban iguales &aacute; las que hab&iacute;an comprado en Londres y en Nueva York ciertas familias del M&eacute;jico anterior que andaban ahora vagabundas, lejos del pa&iacute;s.</p><p>Guadalupe hu&iacute;a de la ostentaci&oacute;n en los d&iacute;as ordinarios y se limitaba &aacute; llevar simplemente media docena de sortijas de brillantes, un reloj con pulsera de platino en una mu&ntilde;eca, otro igual en la mu&ntilde;eca opuesta y un tercer reloj m&aacute;s grande colgando del cuello.</p>Armas&nbsp; blancas&nbsp; en chiquillos&nbsp; </div></li></ul>]]></description><pubDate>Fri, 04 Apr 2008 17:26:00 +0000</pubDate></item></channel></rss>
